Hay algo profundamente violento en el contacto cero cuando no fue un acuerdo, sino una sentencia unilateral.
No fue una conversación madura. No fue un “necesito espacio”.
Fue un portazo digital. Bloqueo. Silencio. Desaparición.
¿En serio tan poco fui para ti?
¿Tan fácil fue apretar un botón y hacer como si nunca hubiera existido?
Me pregunto qué tan liviana era mi presencia en tu vida para que pudieras borrarme sin que te temblara la mano. Porque yo no puedo. Yo no sé cómo hacer como si no hubieras significado nada. Yo no sé cómo fingir que no compartimos planes, promesas, madrugadas, risas que todavía resuenan cuando intento dormir.
Y entonces me sorprendo a mí mismo haciendo lo más absurdo: escribiéndote mensajes que no respondes. Pensándote cuando claramente tú ya decidiste no pensarme. Esperando una señal de alguien que eligió el silencio como respuesta.
Si no signifiqué nada, no sé para qué carajos te sigo escribiendo y pensando.
Quizá la rabia no es solo por tu indiferencia.
Quizá la rabia es porque me duele aceptar que para ti fue más fácil soltar que para mí. Que tu contacto cero no es una estrategia de sanación, sino una forma elegante de decir: “ya no me importas”.
Y eso arde.
Porque el contacto cero, cuando se hace desde el respeto, puede ser un acto de amor propio.
Pero cuando se siente como abandono, como castigo, como indiferencia… se convierte en una herida abierta.
Me da rabia tu frialdad.
Me da rabia tu facilidad.
Me da rabia que mientras yo estoy aquí procesando lo que fuimos, tú ya estés viviendo como si nada.
Entonces empiezo a pensar algo más oscuro:
Si así va a ser la situación, mejor finjo que jamás exististe.
Sí. Fingir.
Porque tal vez esa es la única forma de equilibrar la balanza. Si tú me borraste de tu mundo, quizá yo también tenga que borrarte del mío. No por orgullo. No por venganza. Sino por dignidad.
Ya me cansé de sentir que estoy mendigando migajas emocionales.
Ya me cansé de escribirte mentalmente discursos que nunca vas a escuchar.
Ya me cansé de intentar entender a alguien que no quiso explicarse.
Así que hoy no te escribo para que vuelvas.
Te escribo para decirme a mí mismo que me voy.
Me voy de tu vida.
No porque no me importes.
Sino porque me importo yo.
Y aunque me duela el ego, el corazón y el recuerdo de lo que fuimos, prefiero enfrentar el vacío de tu ausencia que seguir sintiendo la humillación de tu indiferencia.
Si el contacto cero es la forma que elegiste para cerrar la historia, entonces que así sea.
Pero esta vez, el silencio también será mío.
Y esta vez, no será espera.
Será despedida.