Ya no quiero destruir.
Ni dejar que los pensamientos oscuros
me ocupen la sangre y la voz.
Que se disuelva la impulsividad,
que esa rabia sin nombre
aprenda a irse.
Yo nunca fui así.
¿En qué grieta del tiempo
me perdí a mí mismo?
¿Quién sembró esta sombra
donde antes había calma?
Hay un demonio que habla en mi pecho,
pero no soy yo.
Haré lo necesario para expulsarlo:
no tiene derecho a quedarse,
no tiene permiso de herir
lo que más amo.
Porque cuando lastimo,
también me rompo.
Y ya estoy cansado
de recoger mis propios restos.
¿Soy mi enemigo?
¿O solo alguien herido
peleando contra el ruido?
Hoy elijo no destruir.
La bondad pesa más que el miedo.
Disipo la neblina de mi mente
y recupero mi nombre.
Basta de autosabotaje.
Basta de sobrevivir en ruinas.
Voy a volver a ser
quien era antes de tanta mierda.