Hay un dolor del que casi no se habla.
No es solo la ruptura.
No es solo la ausencia.
Es ese momento en el que te das cuenta de que la persona que amaste está viviendo con alguien más la vida que un día imaginó contigo.
Los viajes que soñaron.
Las ciudades que nombraron al azar.
Las rutinas que parecían inevitables.
Los “algún día” que se sentían tan reales que dolían de solo pensarlos.
Y entonces lo ves:
Fotos, sonrisas, destinos, momentos.
No es exactamente igual… pero se parece lo suficiente como para atravesarte el pecho.
Porque el dolor no viene de que sea feliz.
Viene de pensar:
“Eso era nuestro”.
Pero aquí hay una verdad que cuesta aceptar cuando el corazón está roto:
No perdiste una vida. Perdiste una posibilidad.
Los planes no eran una promesa del universo.
Eran una proyección hecha desde el amor que sentías en ese momento.
Un borrador, no la versión final.
Aun así, duele.
Porque en esos planes pusiste identidad.
Pusiste tiempo.
Pusiste una versión de ti que ya no existe igual.
Y cuando alguien más ocupa ese lugar, no sientes solo tristeza:
sientes reemplazo, comparación, sensación de atraso.
Como si la vida avanzara sin ti.
Pero no es verdad.
Lo que pasa es que ellos están viviendo un momento,
y tú estás atravesando un proceso.
Y los procesos no se ven bonitos desde fuera,
pero son los únicos que transforman de verdad.
Lo que no se dice suficiente es esto:
La capacidad de soñar esa vida era tuya. No se fue con esa persona.
Si fuiste capaz de imaginar amor, proyectos y futuro,
lo serás de nuevo.
Con alguien distinto.
O en una versión de vida que hoy todavía no puedes ver.
Tal vez ahora te duele mirar.
Y está bien dejar de mirar.
No es huir.
Es cuidarte.
No es inmadurez.
Es respeto por tu herida.
Porque cada vez que observas lo que ya no es,
te alejas de lo que todavía puede ser.
Y algún día, no hoy, no mañana, pero llegará…
vas a entender que esa vida que parecía perfecta para dos… solo era un ensayo.
La tuya, la real,
todavía se está escribiendo.
Y esta vez,
con alguien que sí se quede.