te recibiré con los brazos abiertos, sin reproches y sin preguntas.
No sé cuál será mi situación entonces, ni cuál será la tuya,
porque la vida no se detiene y nosotros tampoco.
Pero hay algo que sí sé:
ambos fuimos maestros el uno para el otro,
y cuando dos almas se enseñan desde el amor,
su historia nunca es un error ni un desperdicio.
Tal vez nuestros caminos se separaron antes de entenderlo todo,
tal vez nos dijimos adiós cuando aún quedaban palabras suspendidas en el aire.
Aun así, siento que lo nuestro no merece un final abrupto,
sino un cierre consciente… o una continuación distinta,
si la vida así lo decide.
Mientras llega —o no— ese día,
sigamos amando cada instante desde donde estemos.
Luchemos por nuestros sueños,
crezcamos, equivoquémonos, transformémonos.
Que si volvemos a encontrarnos,
no sea desde la nostalgia,
sino desde versiones más completas de nosotros mismos.
Ese día llegará cuando tú lo decidas,
no cuando yo lo espere.
Y si nunca ocurre, está bien.
Porque yo ya tomé una decisión más profunda:
llevarte en el corazón con gratitud,
sin cargarlo de expectativas ni de dolor,
solo de lo que fue real y valioso.
Quiero que sepas algo con total honestidad:
mi cariño no depende del tiempo ni de la distancia.
Siempre estaré para ti,
no como promesa que ata,
sino como presencia que acompaña,
desde el amor que libera y no exige.
Nunca dudes en buscarme cuando te sientas listo.
Y si ese momento nunca llega, también está bien.
Yo seguiré caminando en paz,
agradecido por lo que fue
y abierto a lo que la vida tenga preparado.