Roberto G. Aurioles
febrero 12, 2026
No hay comentarios
Me pongo a pensar en todas las veces que me hiciste sentir culpable.
En todas las veces que lograste convencerme de que el problema era yo.
Que reaccionaba mal.
Que exageraba.
Que estaba equivocado.
Pero ¿sabes qué?
Cuando yo reaccionaba, era porque algo me dolía.
Porque algo no me parecía justo.
Porque había límites que sentía que estabas cruzando.
Y hoy empiezo a ver todo desde otra perspectiva. No para hacerme la víctima. No para lavarme las manos. Sino para aceptar que tú también tuviste tus errores.
Errores nacidos de tu inseguridad.
Errores disfrazados de celos “normales”.
Errores que se convirtieron en acusaciones.
Pensabas que te engañaba.
Insinuabas que me acostaba con alguien más.
Me mirabas como si en cualquier momento fuera a traicionarte.
Y lo más duro de aceptar es esto:
Jamás te creíste capaz de tener a alguien como yo a tu lado.
Porque yo sí te quería, carajo.
Yo sí elegía quedarme.
Yo sí pude haber hecho muchísimas cosas y no las hice por respeto a lo que sentía por ti.
Pero no importó.
Me desechaste.
Así, sin más.
Como si todo lo que construimos fuera reemplazable.
Como si mis intentos, mis explicaciones, mis esfuerzos… no valieran nada.
Y hay algo que no puedo dejar de pensar.
No por nada la primera vez que salí sin ti, fue la condena de nuestra relación.
Una salida en la que conocí a mucha gente, pero les dejé claro que yo no estaba disponible.
Una salida en la que respeté nuestra relación.
Y tú… no sé qué chingados pensaste que hice.
Me mandaste a volar por una historia que solo existía en tu cabeza.
Me sentenciaste sin pruebas.
Me juzgaste sin escucharme.
Y yo todavía comprándote rosas.
Todavía intentando demostrarte algo que no tenía que demostrar.
Cuando qué chingados…
yo no hice nada malo.
Eso también es manipulación.
Hacerme sentir culpable por algo que no hice.
Castigarme por escenarios imaginarios.
Condenarnos por tus miedos.
Date cuenta de algo, aunque ya no me leas:
La culpa de que hayamos terminado fue tu inseguridad.
No mi lealtad.
No mis reacciones.
No mis límites.
Tu inseguridad.
Recuerdo las veces que exploté. Y sí, exploté.
Pero ahora también recuerdo los motivos.
Si no puedes tolerar mi enojo cuando algo me lastima…
Si para estar contigo tengo que estar de acuerdo con todo lo que tú piensas…
Si amar significa someterme a tu versión de la verdad…
Entonces definitivamente no estamos hechos el uno para el otro.
Porque el amor no es control.
No es sospecha constante.
No es caminar sobre hielo para no activar tus miedos.
El amor es mediar.
Es aceptar al otro.
Es sumar.
Y contigo, me sentía atado invisiblemente.
Sabía que cualquier interacción que no fuera contigo podía convertirse en un problema.
Que cualquier sonrisa, cualquier salida, cualquier conversación podía despertar un interrogatorio.
Y ahí entendí algo.
No fue que yo decidiera mandar todo a la mierda por impulso.
Fue que me cansé de sentirme juzgado por alguien que decía amarme.
Me hiciste quedar como un hijo de puta.
Como el villano de una historia que no fue tan simple como la contaste.
Y no.
Las cosas no fueron 100% así.
Así que, ¿sabes qué?
Me da gusto que ya no me hables.
Si tan poco valgo la pena en tu vida, que así sea.
Ya no quiero gastar más energía intentando demostrar mi lealtad a alguien que decidió condenarnos al primer “error”.
Todo fue por tu inseguridad.
Y yo no merezco cargar con eso.
Me voy a dar mi lugar.
Me voy a enfocar en todas las puertas que estuve cerrando por ti.
En todos los caminos que postergué por una falsa esperanza.
Porque ahora lo veo claro:
Esta relación jamás tenía futuro.
No por mí.
Por ti.
Si hubieras trabajado tus miedos.
Si hubieras confiado.
Si hubieras elegido construir en lugar de sospechar…
Todo sería diferente.
Pero no lo hiciste.
Y yo no merezco una persona que me ame desde el miedo.
Qué tonto creer que eras tú la persona con la que me quería casar.
Qué ingenuo pensar que el esfuerzo de uno solo podía salvarlo todo.
Pero supongo que a eso se le llama madurar.
Entender que amar no es aguantarlo todo.
Que crecer también implica soltar.
Que dignidad es elegirte cuando el otro no supo valorarte.
Voy a mejorar.
Voy a crecer.
Voy a trabajar en mí.
Pero al diablo tus creencias limitantes.
Al diablo tu indiferencia.
Al diablo esa versión distorsionada de mí que inventaste para justificar tus miedos.
Ya no me interesa nada de ti.
Porque cuando el amor se convierte en juicio constante,
cuando la relación se convierte en sospecha,
cuando la paz desaparece…
No es que yo te haya perdido.
Es que tú
me perdiste.